A los 59 años, Ramón Soraire confesó que sintió en carne propia lo que es la humillación. Pero aseguró, con firmeza, que seguirá peleando para que la Justicia determine las responsabilidades en la causa por presunto trabajo esclavo y se sepa que pasó en el viñedo de La Pampa, donde 32 golondrinas tucumanos trabajaron durante 16 días. "Esto es largo y se iniciará sí o sí un juicio porque no debimos haber venido como vinimos y ser tratados como fuimos tratados por una empresa multinacional. Con tanta plata que tiene, no se entiende que nos hayan tratado como esclavos", dijo.
Un día después del regreso de los obreros rurales que vivieron hacinados en un finca pampeana, ya en la comodidad de su hogar, en el barrio Cristóbal Colón, zona Sur de la capital tucumana, Ramón afirmó que su propósito ahora es disfrutar los próximos días de la mejor manera, en familia. "Siento alivio, aunque no es fácil sobrellevar tanta tensión que nos dejó lo que vivimos", remarcó.
"Es bueno que se sepa qué nos pasó. No se conoce la realidad: hay gente que te lleva y te mete en las fincas. Necesitas trabajar y mantener una familia por eso agachas la cabeza, no te queda otra. Pero con lo que pasó? Tengo a mis nietas y abandonar de nuevo a mi familia para regresar sin nada: no salgo", enfatizó.
Soraire viajó junto con Martín, su hijo, para trabajar en la cosecha de uva en el campo de la firma Alto Valle del Río Colorado, ubicado en 25 de Mayo, a más de 200 kilómetros de la capital de La Pampa. Como el resto del grupo de trabajadores golondrinas, aceptó esa oferta de empleo para cumplir algunos proyectos. Ramón necesitaba dinero para seguir construyendo la casa que comparte con Marcela, su esposa, sus hijos y nietos; quería revocar las paredes hechas de ladrillos y construir una reja para que suplante al viejo alambrado.
Soraire reconoce que ha tomado conciencia del maltrato, de lo que fue tener sed en medio del campo y beber lo único que había a disposición, agua acumulada en un tanque oxidado que ni siquiera se sabía si era potable. En una charla con LA GACETA, el empleado recordó, junto a su hijo, y los hermanos Rubén y Antonio Noriega, que a plena siesta, bajo los 45 grados de temperatura, eran transportados en un carro de lata hasta el campo y que un día la bronca pudo más: cuatro obreros se negaron a seguir soportando esa metodología y volvieron al campamento. "Fueron suspendidos y al día siguiente no los dejaron trabajar. Ese fue el momento, la gota que rebasó el vaso. El grupo se levantó y nadie trabajó".
"Pero lo peor de una persona es la soberbia. Como tiene $ 2 en el bolsillo, te quiere avasallar, que te rebajes hasta sus zapatos. Eso ya no existe en el siglo XXI. Esa gente esta acostumbrada a eso. Nos respondía que trabajemos si queríamos o sino que nos vayamos".
"El enólogo (uno de los encargados) nos decía: cómo no estudiaron, no andarían cortando uvas", relató.
Tampoco se olvidaron que cada vez que pidieron un aumento para poder comprar tarjetas para el celular y comunicarse con la familia, el mismo capataz le ironizaba y decía que tenía una tarjeta de $ 1.000, lo que costaba el celular. "Nos sentimos humillados, en el alma", descargó Soraire, con un gesto de bronca mezclada con frustración.
Ese día un grupo de tucumanos fue hasta la ciudad y pidió asesoramiento legal y sindical, lo que desembocó luego en una denuncia judicial. "Una cosa es contar lo que pasamos y otra es vivirla. El día del operativo esposaron a los tres encargados, que se creían superpoderosos porque manejaban a la gente de la forma que querían", describió.
"Estoy en una edad que no puedo pretender cosas. Pero muchos chicos, como los que viajaron como golondrinas, necesitan una contención laboral para no salir de la provincia. No digo que ganen $ 4.000 por mes, pero sí que tengan una cobertura social. Al ir a una farmacia tenemos que llevar $ 100 para comprar aspirinas", finalizó.